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“No es por la grandeza de nuestras acciones por lo que agradaremos a Dios, sino por el amor con que las hacemos”, San Francisco de Sales.
Un itinerario en diez episodios en el que San Francisco de Sales podría acompañar también a los jóvenes de hoy que se plantean preguntas sobre el sentido de su vida
.


1. Si partiéramos del ABC de la vida cristiana

Queridos jóvenes,
Sé que escribo a aquellos que ya llevan en su corazón un pequeño deseo de bien, una búsqueda de luz. Ya han caminado en amistad con el Señor, pero permítanme que les resuma aquí el ABC de la vida del creyente, es decir, una vida interior y espiritual rica y profunda. Con esta base estarán equipados para tomar decisiones fructíferas en su existencia. Este trabajo no es nuevo para mí: cuando era obispo, visitaba todas las parroquias de mi diócesis, y muchas estaban situadas en las montañas. Para llegar a ellas no había carreteras y tenía que recorrer largas distancias a pie, incluso en invierno, pero me alegraba de encontrarme con esas gentes sencillas, de animarlas a vivir como Dios quiere.
Para caminar con fruto, es decisiva la labor del guía espiritual que se da cuenta de lo que pasa en el corazón, los anima, los sigue, les hace propuestas claras, graduales y estimulantes. Escribía en la Filotea: “¿Quieres emprender con confianza los caminos del Espíritu? Encuentra a alguien capaz, que sea tu guía y te acompañe; es la recomendación de las recomendaciones”. Hace cuatro siglos, como hoy: éste es el punto crucial, decisivo.
La meta a alcanzar es la santidad, que consiste en una vida cristiana consciente, es decir, una profunda amistad con Dios, una vida espiritual ferviente, marcada por el amor a Dios y al prójimo. Es un camino sencillo, sabiendo que las grandes oportunidades de servir a Dios rara vez se presentan, mientras que las pequeñas siempre las tenemos. Esto nos estimula a una caridad pronta, activa y diligente.
Si, al pensar en tal meta, son tentado por el desánimo, le repito lo que escribí hace siglos: “No debemos esperar que todo el mundo empiece con perfección: poco importa cómo empecemos. Sólo hay que estar decidido a continuar y terminar bien”.
Para empezar con buen pie, los invito a la purificación del corazón mediante la confesión. El pecado es una falta de amor, un robo a tu humanidad, un estar a oscuras y en frío: en la confesión entregas a Jesús todo lo que puede agobiarte y oscurecer tu camino. Es volver a tener la alegría del corazón.
Siguiendo adelante, las herramientas para caminar son tan antiguas y preciosas como la Iglesia, y han sostenido a generaciones de cristianos de todas las edades, ¡durante 20 siglos! También ustedes ciertamente lo han experimentado.
La oración, es decir, el diálogo con un Padre enamorado de ti y de tu vida. No olvides que a rezar se aprende rezando: por tanto, tengan fidelidad y perseverancia.

La Palabra de Dios, es decir, la “carta de Dios” dirigida precisamente a ti en forma particular. Es como una especie de brújula que orienta tu caminar, ¡sobre todo cuando hay niebla, oscuridad y se corre el riesgo de perder la orientación! No olvides que al leerla tienes el Tesoro en tus manos.
El sacramento de la Eucaristía es el termómetro de tu vida creyente: si tu corazón no ha madurado un vivo deseo de recibir el Pan de Vida, tu encuentro con Él tendrá resultados modestos. Escribía a mis contemporáneos: “Si el mundo les pregunta por qué comulgan tan a menudo, respondan que es para aprender a amar a Dios, para purificarnos de las imperfecciones, para liberaros de las miserias, para encontrar fuerza en las debilidades y consuelo en las aflicciones. Dos clases de personas deben comunicarse con frecuencia: los perfectos, porque estando bien dispuestos harían mal en no acercarse a la fuente y manantial de la perfección; y los imperfectos para esforzarse por alcanzar la perfección. Los fuertes para no debilitarse y los débiles para fortalecerse. Los enfermos para curarse y los sanos para no enfermar”. Asiste a la Santa Misa con gran frecuencia: ¡tanto como sea posible!
Luego insisto en las virtudes, porque si el encuentro con Dios es verdadero y profundo, cambia también las relaciones con las personas, el trabajo, las cosas. Ellas permiten tener un carácter humanamente rico, capaz de amistades verdaderas y profundas, de comprometerse alegremente a hacer bien su deber (trabajo-estudio), paciente y cordial en el trato, bueno.
Todo esto no sucede en tu corazón solitario, para mejorar y complacerse. La vida con los demás es un estímulo para caminar mejor (¡cuántos son mejores que nosotros!), para ayudar más (¡cuántos nos necesitan!), para ser ayudados (¡cuánto tenemos que aprender!), para recordarnos a nosotros mismos que no somos autosuficientes (¡no somos auto-creados y auto-educados!). Sin una dimensión comunitaria, pronto nos perdemos a nosotros mismos.
Espero que ya hayas saboreado los frutos de una guía estable, de confesiones bien hechas, de una oración fiel y firme, de la riqueza de la Palabra, de la Eucaristía vivida con fecundidad, de las virtudes practicadas en la alegría de la vida cotidiana, de amistades enriquecedoras, de lo indispensable del servicio. En este humus se florece: sólo en este ecosistema se puede percibir el verdadero rostro del Dios cristiano, a cuya mano es hermoso y da alegría confiar la propia vida.



Oficina de Animación Vocacional

(continuación)