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Vera Grita, junto con Alexandrina Maria da Costa (de Balazar), ambas Salesianas Cooperadoras, son dos testigos privilegiadas de Jesús presente en la Eucaristía. Son un don de la Providencia a la Congregación Salesiana y a la Iglesia, recordándonos las últimas palabras del Evangelio de Mateo: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.


La invitación a un encuentro
            Entre las figuras de santidad de la Familia Salesiana, se ha incluido en los últimos años a Vera Grita (1923-1969), laica, consagrada con votos privados, Salesiana Cooperadora, mística. Vera es ahora Sierva de Dios (ha concluido la fase diocesana y actualmente está en curso la Fase romana de la Causa) y su importancia para nosotros deriva esencialmente de dos razones: como Cooperadora, pertenece carismáticamente a la gran Familia de Don Bosco y podemos sentirla “hermana”; como mística, el Señor Jesús le “dictó” la Obra de los Sagrarios Vivientes (Obra Eucarística de amplio alcance eclesial) que, por voluntad del Cielo, está confiada en primer lugar a los Salesianos. Jesús llama fuertemente a los Salesianos para que conozcan, vivan, profundicen y den testimonio de esta Obra de Amor Suya en la Iglesia, para todo hombre. Conocer a Vera Grita significa, por tanto, hoy, tomar conciencia de un gran don dado a la Iglesia a través de los hijos de Don Bosco, y sintonizar con la petición de Jesús de que sean los propios Salesianos quienes custodien este precioso tesoro y lo entreguen a los demás, poniéndose profundamente en juego.
            El hecho de que esta Obra sea ante todo eucarística (… “Tabernáculos Vivientes”) y mariana (María Inmaculada, Nuestra Señora de los Dolores y Nuestra Señora del Perpetuo Socorro de los Cristianos Madre de la Obra) no puede sino remitirnos al “sueño de las dos columnas” de Don Bosco, en el que la nave de la Iglesia encuentra la seguridad frente al ataque de los enemigos anclándose en las dos columnas de la Virgen María y de la Santísima Eucaristía.
            Hay, pues, una gran salesianidad constitutiva que recorre la vida de Vera: esto nos ayuda a sentirla cerca, una nueva amiga y hermana en espíritu. Ella nos toma de la mano y nos conduce -con su dulzura y fuerza típicas- a un encuentro renovado y de gran belleza con Jesús Eucaristía, para que Él sea recibido y llevado a los demás. Es -también esto- un gesto de preparación a la Navidad, porque María (“tabernáculo de oro”) nos trae y nos da a Jesús: el Verbo de vida (cf. 1 Jn 1,1), hecho carne (cf. Jn 1,14).

Perfil biográfico-espiritual de Vera Grita
            Vera Grita nació en Roma el 28 de enero de 1923, la segunda de las cuatro hijas de Amleto Grita y Maria Anna Zacco della Pirrera. Sus padres eran originarios de Sicilia: Amleto pertenecía a una familia de fotógrafos; Maria Anna era hija de un barón modicano y, al casarse contra la voluntad de su padre, había perdido para siempre todo privilegio y la posibilidad misma de cultivar cualquier vínculo con su familia de origen. Vera nació de un desgarro emocional, pero también de un gran amor al que sus padres supieron mantenerse fieles a través de muchas pruebas.
            El antifascismo de papá Amleto, un robo de material fotográfico y, sobre todo, la crisis de 1929-30 tienen graves repercusiones para la familia Grita: en poco tiempo, se encuentran pobres e incapaces de proveer al crecimiento de sus hijas. Así, mientras Amleto, Maria Anna y su hija menor Rosa permanecen juntos y vuelven a partir de Savona, en Liguria, Vera crece con sus hermanas Giuseppina y Liliana en Módica, con las tías de su padre: mujeres de fe y talento, plenamente en el mundo, pero “no del mundo” (cf. Jn. 17). En Módica -ciudad siciliana patrimonio de la UNESCO por el esplendor de su barroco-, Vera asiste a las Hijas de María Auxiliadora y recibe la Primera Comunión y la Confirmación. Atraída por la vida de oración y atenta a las necesidades del prójimo, calla sus propios sufrimientos para ser “madre” de su hermana pequeña Liliana. El día de su Primera Comunión, ya no quiere quitarse el hábito blanco, porque es consciente del valor de lo vivido y de todo lo que significa.
            De vuelta a la familia en 1940, Vera obtuvo su diploma de maestra. La temprana muerte de su padre Amleto en 1943 la obligó a ayudar a la familia con trabajo, pero renunció a su deseada docencia.
            El 3 de julio de 1944 -a la edad de 21 años y mientras buscaba refugio de un ataque aéreo- Vera fue atropellada y pisoteada por la multitud que huía: permaneció en el suelo durante horas, lacerada, magullada, con graves heridas, se la creía muerta. Su cuerpo quedó marcado de por vida y, con el tiempo, dolencias como la enfermedad de Addison (que agota la hormona responsable de la gestión del estrés) y continuas intervenciones quirúrgicas, incluida la extirpación del útero a una edad temprana, le pasaron factura. Los sucesos del 3 de julio y el comprometido cuadro clínico le impidieron formar una familia, como ella hubiera deseado. “A partir de entonces fue una sucesión de hospitalizaciones, operaciones, análisis, dolores insoportables en la cabeza y por todo el cuerpo. Se diagnosticaron enfermedades terribles, se probaron diversas curas. Los órganos afectados no respondían al tratamiento y, en aquel trastorno inexplicable, uno de los médicos que la atendían, asombrado [,] declaró: ‘No se entiende cómo es posible que la paciente haya podido encontrar el equilibrio’”.
            Durante 25 años, hasta el final de su vida terrenal, Vera Grita soportó valientemente un sufrimiento que se profundizaría en lo moral y espiritual, y lo velaría con discreción y una sonrisa, sin dejar de dedicarse a los demás. El suyo se convirtió en un cuerpo “pesado” (aunque grácil: Vera siempre fue muy femenina y bella), un cuerpo que imponía limitaciones, lentitud y fatiga a cada paso.
            A los treinta y cinco años, realizó su sueño de enseñar con gran fuerza de voluntad y de 1958 a 1969 fue profesora en escuelas casi todas del interior de Liguria: de difícil acceso, con clases pequeñas y alumnos a veces desfavorecidos o discapacitados a los que daba confianza, comprensión y alegría, llegando incluso a renunciar a la medicina para comprar los tónicos necesarios para su crecimiento. Incluso en la familia, es con sus sobrinas más “mamá” que sus madres, testimonio de una sensibilidad educativa muy fina y de una capacidad generadora única, humanamente inseparable de sus condiciones probadas (cf. Is. 54). Cuando la relación con los demás, las situaciones, los problemas parecen llevarse la palma y Vera experimenta el desánimo humano o siente la tentación de rebelarse, por una sensación de injusticia percibida, sabe releer la historia a la luz del Evangelio y recordar su “lugar” de “pequeña víctima”: “Hoy […] -escribirá un día a su padre espiritual– veo las cosas en su valor”. “Permanezcamos tranquilos en la obediencia”, le recomendó este sacerdote.

            El 19 de septiembre de 1967, mientras rezaba ante el Santísimo Sacramento expuesto en la pequeña iglesia de María Auxiliadora de Savona, sintió interiormente el primero de una larga serie de Mensajes que el Cielo le comunica en el breve espacio de dos años y que constituyen la “Obra de los Sagrarios Vivientes”: Obra de Amor con la que Jesús Eucaristía quiere ser conocido, amado y llevado a las almas, en un mundo que cada vez cree y busca menos. Para ella, es el comienzo de una relación de creciente plenitud con el Señor, que entra en su vida cotidiana con Su Presencia, dentro de un diálogo concreto como el de dos amantes, participando en la existencia de Vera en todo (Jesús dicta Sus propios pensamientos incluso mientras Vera escribe una carta, por lo que la carta se escribe a “cuatro manos”, con la mayor familiaridad). De “llevar a Jesús” al “llevar a Jesús”: ¡Él!
            Vera sometió todo a su padre espiritual y obediencia a la Iglesia, con un alto concepto de dependencia de ellos, tanta obediencia, una inmensa humildad: Jesús había tomado una “maestra” y la había puesto en la escuela de Su Amor, enseñándole a través de los Mensajes y sobre todo llamándola a la coherencia de fe y de vida. Es un Esposo muy dulce y, sin embargo, muy exigente al adiestrarla en el camino virtuoso: recurre a las imágenes de la excavación, del trabajo, del cincel, del martillo con sus “golpes” para enseñar a Vera cuánto debe llevarse de ella, cuánto trabajo debe realizarse en un alma para que sea un verdadero Templo de la Presencia de Dios: “Estoy trabajando en ti a golpes de cincel […]. La aridez, las pequeñas y grandes cruces, son mi martillo. Así, a intervalos vendrá el golpe, mi golpe. Debo quitarte muchas, muchas cosas: la resistencia a mi amor, la desconfianza, los miedos, el egoísmo, las ansiedades inútiles, los pensamientos no cristianos, los hábitos mundanos”. La docilidad de Vera es la ascesis cotidiana, la humildad de quien toca el límite, pero la pone a disposición de la omnipotencia y la misericordia de Dios. Jesús, a través de ella, enseña un camino de santidad que -si está evidentemente orientado a poder acoger la plenitud de Su Vida- se expresa a través de un “menos” de lo que somos y le resistimos: la santidad… por “sustracción”, para llegar a ser transparencia de Él. La primera característica del Sagrario es, de hecho, estar vacío y dispuesto a acoger una Presencia. Como escribió la maestra de novicias de un monasterio benedictino del Santísimo Sacramento: “Los pensamientos que escribe son de Jesús. ¡Qué limpios son incluso los textos! A veces, incluso en los diarios espirituales de almas santas y bellas, cuánta subjetividad emerge […] y es justo que así sea. […] Vera [en cambio] desaparece, no está ahí [,] no se cuenta” (cf.).

            Vera escribirá un día: “Mis alumnos forman parte de mí, de mi amor a Jesús. Es el fruto maduro de una vida eucarística que la hace “pan partido” con la Víctima Única. Sin Jesús, ya no podría vivir: “Quiero a Jesús pase lo que pase. Ya no puedo vivir sin Él, no puedo”. Una afirmación “ontológica” que habla del vínculo indisoluble entre ella y su Esposo Eucarístico.
            Vera Grita había recibido un primer Mensaje, seguido de ocho años de silencio, en Alpicella (Savona) el 6 de octubre de 1959. El 2 de febrero de 1965 hizo los votos de castidad perpetua y de “pequeña víctima” para los sacerdotes, a quienes servía con particular delicadeza y dedicación. Se convirtió en Salesiana Cooperadora el 24 de octubre de 1967. Amaba intensamente a María, a quien se había consagrado, y vivía su relación filial con Ella en el espíritu de la “esclavitud de amor” de Montfort. Más tarde se ofreció por intenciones diferentes, de carácter eclesial: en particular por los sacerdotes que con el período de los “Sesenta y ocho” abandonaron su vocación, pero permanecieron hijos amados, nunca lejos del Corazón de Cristo, como Él mismo asegura.

            Considerada digna de fe, muy querida y estimada, con fama de santidad, Vera murió en el hospital “Santa Corona” de Pietra Ligure (Savona) el 22 de diciembre de 1969 de shock hipovolémico por hemorragia masiva y consiguiente fallo multiorgánico: “esposa de sangre”, como la había llamado Jesús en los Mensajes, mucho antes de que ella comprendiera lo que esto significaba.
            Unos instantes después, el capellán -con un gesto tan espontáneo como insólito- elevó sus restos al Cielo, rezando y ofreciéndolo todo, presentando a Vera como una ofrenda de bienvenida: ¡consummatum est! Era el último de una serie de gestos que jalonaron la vida de la Sierva de Dios y que, de otras maneras, ella misma había realizado: la señal de la gran cruz; la genuflexión bien hecha, lentamente; la Escalera Santa de rodillas con los Cuadernos en los que transcribía los Mensajes de la Obra; la ofrenda de sí misma llevada incluso a San Pedro. Cuando no comprendía, en el cansancio y a veces en la duda, Vera Grita lo hacía: sabía que lo más importante no era su propio sentimiento, sino la objetividad de la Obra de Dios en ella y a través de ella. Había escrito de sí misma: “Soy ‘tierra’ y no sirvo y no sirvo para nada excepto para escribir bajo dictado”; “A veces comprendo y a veces no comprendo”; “Jesús no me abandona, sino que utiliza este trapo para Sus Planes divinos”. El director espiritual, asombrado, comentó un día -refiriéndose a las palabras de los Mensajes-: “las encuentro espléndidas, incluso beatíficos. ¿Y cómo puedes permanecer impasible?”. Vera nunca se había mirado a sí misma y, como para todo místico, una luz más fuerte se había convertido para ella en noche oscura, oscuridad brillante, prueba de fe.

            Ocho años más tarde, el 22 de septiembre de 1977, el Papa Pablo VI (que ya había recibido algunos de los Mensajes de la Obra, y que había instituido a los Ministros Extraordinarios de la Eucaristía en 1972), recibió en audiencia al padre espiritual de Vera Grita, el P. Gabriello Zucconi sdb, y bendijo la Obra de los Sagrarios Vivientes.

            El 18 de mayo de 2023, el Obispo de Savona-Noli, Monseñor Calogero Marino, “aprobó los Estatutos de la Asociación “Opera dei Tabernacoli Viventi” y el 19 de mayo la erigió en Asociación privada de fieles, reconociendo también su personalidad jurídica”. El Rector Mayor de los Salesianos, Card. Artime, ya en 2017 autorizó y encargó a la Postulación SDB “acompañar todos los pasos necesarios para que la Obra […] siga siendo estudiada, promovida en nuestra Congregación y reconocida por la Iglesia, con espíritu de obediencia y caridad”.

Ser y convertirse en “Tabernáculos Vivientes”
            En el centro de los Mensajes a Vera está Jesús en la Eucaristía: todos tenemos experiencia de la Eucaristía, sin embargo, hay que señalar (cf. el teólogo P. François-Marie Léthel) cómo la Iglesia ha profundizado a lo largo del tiempo en el significado del Sacramento del Altar, de descubrimiento en descubrimiento: por ejemplo, de la celebración a la Reserva Eucarística y de la Reserva a la Exposición durante la Adoración del Santísimo Sacramento… Jesús pide, a través de Vera, un paso más: de la Adoración en la iglesia, a la que hay que ir para encontrarse con Él, a ese “¡Llévame contigo!” (cfr. infra) a través del cual Él mismo, habiendo hecho Su morada en Su Tabernáculo Viviente (nosotros), quiere salir de las iglesias para llegar a los que -en las iglesias- espontáneamente no entrarían; a los que no Le creen; no Le buscan; no Le aman o incluso Le excluyen lúcidamente de su existencia. La gracia carismática vinculada a la Obra es, de hecho, la de la permanencia eucarística de Jesús en el alma, de modo que quien recibe a Jesús-Eucaristía en la Santa Misa y vive sensible a Sus llamadas y a Su Presencia, lo irradia en el mundo, a cada hermano y especialmente a los más necesitados. Así, Vera Grita se convierte en ejemplo y modelo (en el sentido literal del término: quien ya ha vivido lo que a cada uno se le exige) de una vida transcurrida en un profundo cuerpo a cuerpo con el Señor Eucarístico, hasta que Él mismo mira, habla, actúa, a través del “alma” que le lleva y le da. Jesús dice: “Utilizaré tu manera de hablar, de expresarte, para hablar, para llegar a otras almas. Dame tus facultades, para que pueda encontrarme con todos y en todos los lugares. Al principio será para el alma un trabajo de atención, de vigilancia, para desechar de sí misma todo lo que suponga un obstáculo a mi Permanencia en ella. Mis gracias en las almas llamadas a esta Obra serán graduales. Hoy traes de Mí a la familia, Mi beso; otra vez, algo más y más, hasta que, casi sin que el alma misma lo sepa, haré, actuaré, hablaré, amaré, a través de ella a cuantos se acerquen a esta alma, es decir, a Mí. Hay quienes actúan, hablan, miran, trabajan sintiéndose guiados sólo por mi Espíritu, pero Yo ya soy el Tabernáculo Viviente en esta alma, y ella no lo sabe. Debe saberlo, sin embargo, porque quiero su adhesión a mi PERMANENCIA EUCARÍSTICA en su alma; quiero también que esta alma me dé su voz para hablar a los demás hombres, sus ojos para que los míos encuentren la mirada de sus hermanos, sus brazos para que abrace a los demás, sus manos para acariciar a los pequeños, a los niños, a los que sufren. Esta Obra, sin embargo, tiene como base el amor y la humildad. El alma debe tener siempre ante sí sus propias miserias, su propia nada, y no olvidar nunca de qué masa ha sido amasada” (Savona, 26 de diciembre de 1967).
            Así se comprende también otro aspecto de la relevancia “salesiana” del carisma: ser para los demás; enviados en particular a los pequeños, a los pobres, a los últimos, a los alejados; vivir una “interioridad apostólica” que significa ser todo en Dios y todo para el hermano; la gran mansedumbre de quien no se soporta a sí mismo, sino que irradia la mansedumbre, la dulzura y la alegría del Señor crucificado y resucitado; la atención privilegiada a los jóvenes, llamados también a participar en esta vocación.
            Vera -cuyo confesor en vida fue un salesiano (Don Giovanni Bocchi) y cuyo padre espiritual fue también un salesiano (Don Gabriello Zucconi) y un “referente” de la experiencia mística (Don Giuseppe Borra)- vuelve hoy a llamar a la puerta de los hijos de Don Bosco. La Obra misma nació en Turín, en la cuna del carisma salesiano.


Referencias bibliográficas:
– Centro Studi “Opera dei Tabernacoli Viventi” (ed.), Portami con Te! L’Opera dei Tabernacoli Viventi nei manoscritti originali di Vera Grita, ElleDiCi, Turín 2017.
– Centro Studi “Opera dei Tabernacoli Viventi” (ed.), Vera Grita una mistica dell’Eucaristia. Epistolario di Vera Grita e dei Sacerdoti Salesiani don G. Bocchi, don G. Borra e don G. Zucconi, ElleDiCi, Turín 2018.
Ambos textos incluyen estudios de contextualización histórico-biográfica, teológico-espiritual, salesiana y eclesial de la Obra.

Madre de Jesús, Madre del Amor hermoso, da amor a mi pobre corazón, da pureza y santidad a mi alma, da voluntad a mi carácter, da santa iluminación a mi mente, dame a Jesús, dame a tu Jesús para siempre”. (Oración a María que Jesús enseña a Vera Grita).

Prof. Lodovica Maria ZANET
Doctor en Filosofía, ha enseñado en la Universidad Católica de Milán y en la Pontificia Universidad Salesiana. En 2014 obtuvo el Diploma expedido por el Studium de la Congregación para las Causas de los Santos. Antigua alumna de los Salesianos de Milán, desde 2011 es Colaboradora de la Postulación General de la Familia Salesiana, con la tarea de redactar Posiciones sobre las virtudes heroicas o el martirio de los candidatos a los honores de los altares, y acompañar algunas investigaciones diocesanas. Es autora de varios libros.