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            Nino Baglieri nació en Modica Alta el 1 de mayo de 1951, su madre Giuseppa y su padre Pietro. A los cuatro días fue bautizado en la parroquia de San Antonio de Padua. Creció como muchos chicos, con un grupo de amigos, algunas peleas durante los años escolares y el sueño de un futuro hecho de trabajo y la posibilidad de formar una familia.
            Pocos días después de su decimoséptimo cumpleaños, celebrado a orillas del mar con amigos, el 6 de mayo de 1968, memoria litúrgica de Santo Domingo Savio, Nino, durante una jornada de trabajo ordinario como albañil, cayó desde 17 metros al derrumbarse el andamio del edificio -no lejos de casa- en el que trabajaba: 17 metros, señala Nino en su Diario-Libro, “1 metro por cada año de vida”. Mi estado -cuenta- era tan grave que los médicos esperaban mi muerte en cualquier momento (incluso recibí la extrema unción). [Un médico] hizo una propuesta insólita a mis padres: “si su hijo lograba superar estos momentos, lo que sólo sería fruto de un milagro, estaría destinado a pasar su vida en una cama; si ustedes creen, con una punción letal, tanto ustedes como él se ahorrarán tanto sufrimiento”. “Si Dios lo quiere -respondió mi madre-, lléveselo, pero si lo deja vivir, estaré encantada de cuidar de él el resto de su vida”. Así que mi madre, que siempre ha sido una mujer de gran fe y valentía, abrió sus brazos y su corazón y abrazó primero la cruz”.

Nino también se enfrentará a difíciles años de deambular por distintos hospitales, donde dolorosas terapias y operaciones le pondrán a prueba, sin que se produzca la recuperación deseada. Permanecerá tetrapléjico el resto de su vida.
            De vuelta a casa, seguido por el afecto de su familia y el sacrificio heroico de su madre, que siempre está a su lado, Nino Baglieri recupera la mirada de amigos y conocidos, pero con demasiada frecuencia ve en ellos una lástima que le perturba: “mischinu poviru Ninuzzu…” (“pobrecito pobre Nino…”). Así acaba encerrándose en sí mismo, en diez dolorosos años de soledad y cólera. Fueron años de desesperación y blasfemia ante la no aceptación de su estado y de preguntas como: “¿Por qué me ha pasado todo esto?”
            El punto de inflexión llegó el 24 de marzo de 1978, víspera de la Anunciación y -ese año- Viernes Santo: un sacerdote de la Renovación en el Espíritu Santo fue a visitarle con algunas personas y rezaron por él. Por la mañana, Nino, que seguía postrado en la cama, había pedido a su madre que le vistiera: “Si el Señor me cura, no estaré desnudo delante de la gente”. Leemos en su Diario-Libro: “El Padre Aldo comenzó inmediatamente la Oración, yo estaba ansioso y excitado, puso sus manos sobre mi cabeza, yo no comprendía este gesto; comenzó a invocar al Espíritu Santo para que descendiera sobre mí. Al cabo de unos minutos, bajo la imposición de manos, sentí un gran calor en todo mi cuerpo, un gran cosquilleo, como si una fuerza nueva entrara en mí, una fuerza regeneradora, una fuerza viva, y algo antiguo saliera. El Espíritu Santo había descendido sobre mí, con poder entró en mi corazón, fue una efusión de Amor y Vida, en ese instante acepté la Cruz, dije mi Sí a Jesús y renací a la Vida Nueva, me convertí en un hombre nuevo, con un corazón nuevo; toda la desesperación de 10 años se borró en unos segundos, mi corazón se llenó de una nueva y verdadera alegría que nunca había conocido. El Señor me sanó, yo quería la sanación física y en cambio el Señor obró algo más grande, la Sanación del Espíritu, así encontré Paz, Alegría, Serenidad, y tanta fuerza y tantas ganas de vivir. Cuando terminé de rezar, mi corazón rebosaba de alegría, mis ojos brillaban y mi rostro estaba radiante; aunque me encontraba en las mismas condiciones que un enfermo, era feliz”.
            Comenzó entonces un nuevo periodo para Nino Baglieri y su familia, un periodo de renacimiento marcado en Nino por el redescubrimiento de la fe y el amor a la Palabra de Dios, que leyó durante un año seguido. Se abre a aquellas relaciones humanas de las que se había alejado sin que los demás dejaran nunca de quererle.
            Un día, Nino, impulsado por unos niños que estaban cerca de él y le pidieron que les ayudara a hacer un dibujo, se dio cuenta de que tenía el don de escribir con la boca: en poco tiempo consiguió escribir muy bien -mejor que cuando escribía a mano- y esto le permitió objetivar su propia experiencia, tanto en la forma muy personal de numerosos Cuadernos diarios como a través de poemas/poesías breves que empezó a leer en la Radio. Después, con la ampliación de su red relacional, miles de cartas, amistades, encuentros…, a través de los cuales Nino expresará una forma particular de apostolado, hasta el final de su vida.
Mientras tanto, profundiza en su camino espiritual a través de tres pautas, que ritman su experiencia eclesial, dentro de la obediencia a los encuentros que Dios pone en su camino: la cercanía a la Renovación en el Espíritu Santo; el vínculo con la realidad de los Camilos (Ministros de los Enfermos); el camino con los Salesianos, primero convertido en Salesiano Cooperador y después en laico consagrado en el Instituto Secular de Voluntariado con Don Bosco (interpelado por los delegados del Rector Mayor, da también una contribución en la redacción del Proyecto de Vida del CDB). Fueron los Camilos quienes le propusieron por primera vez una forma de consagración: humanamente parecía captar la especificidad de su existencia, marcada por el sufrimiento. El lugar de Nino, sin embargo, está en la casa de Don Bosco y lo descubre con el tiempo, no sin momentos de fatiga, pero confiándose siempre a quienes le guían y aprendiendo a confrontar sus propios deseos con los caminos a través de los cuales llama la Iglesia. Y mientras Nino pasaba por las etapas de formación y consagración (hasta su profesión perpetua el 31 de agosto de 2004), fueron muchas las vocaciones -incluso al sacerdocio y a la vida consagrada femenina- que se inspiraron en él, le dieron fuerza y luz.
            El Responsable Mundial del CDB se expresa así sobre el significado de la consagración laical hoy, también vivida por Nino: “Nino Baglieri ha sido para nosotros Voluntarios con Don Bosco un don especial del cielo: es el primero de nosotros hermanos que nos muestra un camino de santidad a través de un testimonio humilde, discreto y alegre. Nino ha realizado plenamente la vocación a la secularidad consagrada salesiana y nos enseña que la santidad es posible en cualquier condición de vida, incluso en aquellas marcadas por el encuentro con la cruz y el sufrimiento. Nino nos recuerda que todos podemos vencer en Aquel que nos da la fuerza: la Cruz que tanto amó, como un esposo fiel, fue el puente a través del cual unió su historia personal de hombre con la historia de la salvación; fue el altar en el que celebró su sacrificio de alabanza al Señor de la vida; fue la escalera hacia el paraíso. Animados por su ejemplo, también nosotros, como Nino, podemos llegar a ser capaces de transformar como buena levadura todas las realidades cotidianas, seguros de encontrar en él un modelo y un poderoso intercesor ante Dios”.
            Nino, que no puede moverse, es Nino que con el tiempo aprende a no huir, a no eludir las peticiones, y se hace cada vez más accesible y sencillo como su Señor. Su cama, su pequeña habitación o su silla de ruedas se transfiguran así en ese “altar” al que tantos llevan sus alegrías y sus penas: él los acoge, se ofrece a sí mismo y a sus propios sufrimientos por ellos. Nino “siendo” es el amigo en el que se pueden ‘descargar’ muchas preocupaciones y ‘depositar’ cargas: las acoge con una sonrisa, aunque en su vida -guardada en la reserva- no faltarán momentos de gran prueba moral y espiritual.
            En las cartas, en los encuentros, en las amistades muestra un gran realismo y sabe ser siempre sincero, reconociendo su propia pequeñez, pero también la grandeza del don de Dios en él y a través de él.
            Durante un encuentro con jóvenes en Loreto, en presencia del Card. Angelo Comastri, dirá: “¡Si alguno de vosotros está en pecado mortal, está mucho peor que yo!”: es la conciencia, toda salesiana, de que es mejor “la muerte, pero no los pecados”, y de que los verdaderos amigos deben ser Jesús y María, de los que nunca hay que separarse.
            El Obispo de la Diócesis de Noto, Mons. Salvatore Rumeo, subraya que “la aventura divina de Nino Baglieri nos recuerda a todos que la santidad es posible y no pertenece a los siglos pasados: la santidad es el camino para llegar al Corazón de Dios. En la vida cristiana no hay otras soluciones. Abrazar la Cruz significa estar con Jesús en la estación del sufrimiento para participar de su Luz. Y Nino está en la Luz de Dios”.
            Nino nació al Cielo el 2 de marzo de 2007, después de haber celebrado ininterrumpidamente el 6 de mayo (día de la caída) como “aniversario de la Cruz” desde 1982.
            Tras su muerte, se vistió con las hermosas zapatillas de deporte, para que, como había dicho, “en mi último viaje hacia Dios, pueda correr hacia Él”.
            Don Giovanni d’Andrea, inspector de los Salesianos de Sicilia, nos invita así a “…conocer cada vez mejor la persona de Nino y su mensaje de esperanza. También nosotros, como Nino, queremos ponernos ‘las hermosas zapatillas’ y ‘correr’ por el camino de la santidad, que significa realizar el Sueño de Dios para cada uno de nosotros, un Sueño que cada uno de nosotros es: ser ‘felices en el tiempo y en la eternidad’, como escribió Don Bosco en su Carta de Roma del 10 de mayo de 1884”.
            En su testamento espiritual, Nino nos exhorta a “no dejarlo sin hacer nada”: su Causa de Beatificación y Canonización es ahora el instrumento puesto a disposición por la Iglesia para aprender a conocerlo y amarlo cada vez más, para encontrarlo como amigo y ejemplo en el seguimiento de Jesús, para dirigirse a él en la oración, pidiéndole aquellas gracias que ya han llegado en gran número.
            “Que el testimonio de Nino -espera el Postulador General, P. Pierluigi Cameroni sdb- sea un signo de esperanza para los que están en la prueba y en el dolor, y para las nuevas generaciones, para que aprendan a afrontar la vida con fe y valentía, sin desanimarse ni abatirse. Nino nos sonríe y nos sostiene para que, como él, podamos hacer nuestra ‘carrera’ hacia la alegría del cielo”.
            Por último, el obispo Rumeo, al final de la sesión de clausura de la Encuesta Diocesana, dijo: “Es una gran alegría haber alcanzado este hito para Nino y especialmente para la Iglesia de Noto, debemos rezar a Nino, debemos intensificar nuestra oración, debemos pedir alguna gracia a Nino para que interceda desde el cielo. Es una invitación a recorrer el camino de la santidad. El de la santidad es un arte difícil porque el corazón de la santidad es el Evangelio. Ser santos significa aceptar la palabra del Señor: al que te golpea en la mejilla, ofrécele también la otra, al que te pide la capa ofrécele también la túnica. ¡Esto es la santidad! […] En un mundo donde prevalece el individualismo, debemos elegir cómo entendemos la vida: o elegimos la recompensa de los hombres, o recibimos la recompensa de Dios. Jesús lo dijo, vino y sigue siendo un signo de contradicción porque es la divisoria de aguas, el año cero. La venida de Cristo se convierte en la aguja de la balanza: o con él, o contra él. Amar y amarnos es la pretensión que debe guiar nuestra existencia”.


Roberto Chiaramonte